La nevera estaba vacía y hacía un calor insoportable. Se levantó aquella tarde con el ánimo contrariado, llena de pálpitos y asustada por un sueño inquietante. Antes de dormir la siesta había bajado al patio a dar de comer a los animales y notó que el machete de Pedro estaba clavado en la tierra y sus botas pantaneras estaban en un rincón, limpias. "Aún no se ha ido", pensó. Sin embargo, su pecho se arrugó con la fuerza de los presentimientos y los malos augurios. Había soñado que una mujer gorda y desconocida, vestida de blanco y descalza, le daba el pésame en la sala de su casa. La mujer abría la nevera y desaparecía en su interior.  Era la viuda de Pedro Torres, sintió en el sueño; el indio bravo y callado que bajó de la montaña, huyendo del padrastro y de la madre, cargado de miedo, encogido por la soledad. Después de la siesta, cuando subió a la cocina, lo vio: estaba llorando, con el sombrero descansando entre las piernas, descalzo y desamparado, diminuto como un niño huérfano.

—¿Qué pasó, mijo? —le regañó, disimulando así su angustia y sus presagios. Se arrodilló, le quitó el sombrero y descansó su cabeza cana en las rodillas de Pedro. Él le tocó la mata de pelo blanca y marchita, en un amago de caricia, y fue bajando hasta el cuello con timidez. La ropa limpia danzaba en el solar y proyectaba sombras y recuerdos sobre los dos ancianos. Las camisas de Luis y de Felipe, con el humor de los hijos aún en la tela; los calcetines rotos, sujetos por una pinza vieja, añorando las jornadas de trabajo y los caminos recorridos. 

—Mataron a los muchachos —le dijo.

Los gallinazos volaban sobre la montaña. Luis y Felipe habían madrugado, con resaca y buen genio, y se habían marchado, después de desayunar, a coger café. Ahora estaban en medio de aquel círculo negro que marcaban las aves rapaces. "Por guerrilleros", decían, amparados por las débiles ventanas y las paredes de ladrillo limpio, algunos vecinos. Nadie se atrevió a tocar los dos cuerpos: la cercanía de la muerte, su sombra, parecía impedirlo. Cuando le contaron a Pedro, su mujer estaba en la cocina y no se permitió llorar, para no alarmarla. "Puede que no sea verdad", pensó. Sin ponerse las botas, corrió montaña arriba, como lo hizo un domingo ya remoto, impulsado por la esperanza y la duda, pero la certeza de los dos cuerpos lo frenó en seco. Los besó y los abrazó sin palabras, sin oraciones. Los gallinazos hacían ronda, vigilantes, despidiendo a los hermanos, anunciando al pueblo, con cada vuelta, la llegada del terror y del silencio. "Nadie sabe lo de nadie", decían todos, asustados, mientras comían cualquier cosa antes de irse a dormir. El pueblo y las montañas dormían mal, trasnochados y con recelo, temerosos de soñar lo indebido y hablar dormidos con la persona equivocada, saludar al enemigo, ayudar al vecino y recibir dos tiros en la nuca por traidores. Pedro no supo qué hacer con los cuerpos y regresó a su casa cobijado por una tristeza de otro mundo, impulsado por la vana esperanza de estar dormido. 

—Mija, empaque que nos vamos —dijo el indio Pedro, levantándose y secándose las lágrimas, dejando el alma, sentada y fría, en la butaca de madera. Dijo esto aun cuando sabía que no había lugar en el mundo donde esconderse: el círculo negro dibujado lentamente y sin afán, en el cielo sin nubes del lunes por los gallinazos, había devorado el escaso corazón de Pedro dejándolo exiliado de amor y humanidad para siempre. No podría escapar al dolor. 

La mujer llenó dos tulas viejas con zapatos y ropa, metió algunas gallinas en una caja de cartón y se despidió de su vida. Primero tendrían que enterrar a los hermanos. El calor de la tarde llenó de lentitud la casa. La nevera estaba vacía y oxidada, arrinconada y sin esperanza como un animal herido e inservible. La promesa incumplida de un futuro mejor. 

—Primero hay que velar y enterrar a los muchachos —le dijo al marido. 

—Nos matan, mujer. Nos matan. 

—No importa —dijo ella y por primera vez apareció el llanto—. ¿Acaso son perros? ¿Acaso no son hijos de Dios? ¡Qué nos maten! Mejor así, Pedro. Mejor así.

Se abrazaron con desesperación, cerrando en sus pechos viejos el espacio que dejaban los dos hijos muertos. "Me llegó la cuenta de cobro", pensó Pedro. Abrazó a su mujer con rabia y temor. La misma rabia y el mismo miedo que lo obligaron a hacerse hombre, a empuñar el cuchillo y hacer justicia. Todo era un castigo, un círculo que se cerraba, con el baile carroñero sobre su descendencia, y que debía aceptar. La muerte de sus hijos era un relámpago tardío, el tufo de un pecado atroz que lo persiguió siempre y que ahora lo alcanzaba y lo ahogaba.  

Cuando llegó al pueblo nadie lo conocía y por esta razón lo recibieron en las plantaciones de café como jornalero. Era un niño grande y silencioso, de cabello abundante y mirada serena. No hablaba con nadie y nadie se atrevía a hablarle. Su pelo largo, amarrado con un trapo rojo, era como una noche fría y sin movimiento. Nunca se supo. Su padre había muerto de un machetazo certero en el cuello que la mano celosa de su tío le propinó. "Son cosas de borrachera", escuchó decir a su madre. Tiempo después, el tío se adueñó de la casa, de los animales y de la mujer que le dio la vida. Nadie sospechaba que, en las tardes calurosas, entre los matorrales, un asesino recogía café. Mató a su madre y a su tío un domingo temprano. No pudo ver la aureola de gallinazos sobre la choza. Corrió por las entrañas del monte hasta que encontró en los cafetales de aquel pueblo un remanso de paz. Una joven silenciosa como él, de ojos grandes y boca de pájaro, lo recibió. Su mujer era el paraíso inmerecido, la dádiva que le sería arrebatada cuando menos pensara. Se equivocó y ahora el dolor era insoportable.

Ella lo aceptó sin preguntar nada. Mientras limpiaba la sala y extendía en el suelo las esterillas para tender los cuerpos masacrados y rezar por sus almas, recordó la mañana fría cuando Pedro le pidió un vaso de agua y ella se quedó muda, sorprendida por la fuerza de sus ojos. El indio sereno la conquistó sin palabras. Abandonó la hacienda donde creció y trabajó desde siempre y se fue a vivir una vida igual de pobre pero sin órdenes, en un barrio de la ladera, junto a Pedro.  No quería enterrar a sus hijos, pensó, mientras barría toda la casa. No quería sobre ellos el peso de esa tierra condenada.  

"Nadie sabe lo de nadie", pensó ella. Cuando los muchachos trajeron la nevera, borrachos y orgullosos, los vecinos pensaron que la familia del indio Pedro estaba progresando, que por fin saldrían de la miseria, que los hijos descarriados y parranderos traerían algo más que promesas y los ancianos tendrían un poco de dignidad en sus vidas. Sin embargo, los dolores de cabeza no cesaron para ella: la angustia de una nevera vacía era peor que el hambre. Pedro, por vergüenza, como si el aparato fuera un hijo tardío que hay que alimentar, intentó llenarla con las yucas y los plátanos que sembraban en el patio. La llenó de limones, de mangos y papayas.  La nevera se dañó y terminó en un rincón, indigesta, oxidada e inservible de tanta tierra que tragó. A veces la abrían, por costumbre y la desazón aumentaba, escapando con voracidad del aparato y llenando la casa con el tufo fatal de la incertidumbre. "De dónde sacaron la plata", murmuraban los vecinos; "Qué estarán haciendo los muchachos", se preguntaba ella. Mientras barría, la duda regresó con una resonancia profética y se culpó en silencio de todo el dolor que los asfixiaba.

Vistieron a los muchachos y los velaron sobre las esterillas donde, hasta hace pocas horas, dormían la parranda de tres días. La mujer los lavó, los vistió y los peinó. Los besó y los abrazó. Los ojos sin vida de los hermanos, apagados y distantes, recibían sus lágrimas. La nevera estaba vacía y el calor y el dolor lo inundaban todo. Rezaron toda la noche acompañados de una vela. Los vecinos se acostaron temprano, temiendo lo peor. De repente, escucharon una ráfaga de disparos. Al amanecer, la carretera vieja como un río seco, los recibió y mientras emprendían la marcha, una nube de gallinazos se cernía sobre otra historia familiar, sobre otra vida.