De Terraza para pisar el vacío (inédito)

 

Ciudad

Maligna es esta ciudad
Como baba del diablo
Desde que surge la luz del sol.
Donde la lluvia cae interminable
Como una monodia
Sobre los ventanales y los muros
Sobre el rostro de pordioseros
Que aúllan como bestias heridas
Ante los basureros
Las iglesias
Y los portalones de mármol.
Donde cada saludo
Se parece a una pedrada
E inútiles brillan las estrellas en el cielo.
Sí, maligna es esta ciudad:
Temibles sus atardeceres de vaho plomizo,
Sus crímenes ocultos, sus jóvenes asesinos
Que conspiran en los bares.
Terrible es el espasmo de sus prostitutas
En los baños o los camastros de tendido grasiento
Mientras avanza el alba como un puñal
Sobre el sueño de los pobres.

 

 

De El árbol puro del río (2005)

 

El quemado

Bajaba de las montañas con su cara de
alarido, con su pesadilla de llama en el
rostro. Allá vivía en su enramada de hojas
oscuras. Allá canta mientras las memoria de
su antiguo rostro hierve en la noche.

 

Los locos

Se detuvieron allí amordazados a las
sillas por la baba y el dolor. Sus ojos buscaban
en el espanto de la memoria el instante
de luz o de sosiego. Azogados por la mueca
del delirio se contorsionaban sobre los estribos
de la tiniebla. Nada detenía su galope de
fuego, el camino de la luna que latigueaba su
cerebro.

 

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Los muertos

Amanecían en las calles con la cara de
espanto alterada por las moscas

 

O bajaban al pueblo en el lomo de las mulas
guindados como animales de sacrificio

 

O floraban en la hierba y el río con el
treno inflamado bajo la luz de la luna:

 

En aquel tiempo
la violencia se paseaba con su tambor
de medianoche por las aldeas.

 

Caín

Mudo contemplaba la hoguera cuando
pensó en matar a Abel. Ciego anda el crimen
desde la tarde en que levantó su garrote de
odio, su hueso negro.

 

El ángel

Nos acompañaba cuando íbamos al río o
a cazar mariposas en el valle. Sabíamos de
su presencia cuando nos sumergíamos en el
agua o nos colgábamos de los árboles en el
silencio de la penumbra. Conocía nuestros
secretos: la voz del azulejo, la voz del caballo
en la sombra. La enredadera en donde
nos ocultábamos de la lluvia y los espantos.
Ah, tan suave como las patas del gato, nos
acompañaba con su acecho de vigía invisible,
con su plumón de pájaro a la orilla del
bosque.

 

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De Declaración de amor a las ventanas (1980)

 

El agua que lleva en sus bolsillos

Vendrá entonando la Rapsodia de Saulo
Y te hablará de un río
Del cuerpo blanco
De las mariposas en la sombra
Del lenguaje chino
De la luna y el pasto.
Espéralo muchacha
Vendrá en el mes de mayo
En el mes de los días de lluvia
Y del movimiento de los árboles
Bajo la luz de las estrellas.
Espéralo
No dudes
Él maneja la trayectoria del sol
Y tiene tu signo
Y todo será tan simple
Como el alma de los pájaros.

 

Esas tardes, esos paréntesis

Sucede que hay días
Que hay tardes en que uno
No quisiera trabajar
En que uno quisiera estar por ahí
Fumándose un cigarrillo
O bebiéndose un buen vino
Mientras se acerca la noche.
En que uno quisiera estar por ahí
Hablando de las primeras novias
Con un viejo amigo
Mientras la lluvia cae sobre la ciudad
Como una cortina blanca
Como un coro de ángeles húmedos.
Sucede que hay tardes
En que uno quiere volar por la ventana
En que uno quisiera ser como la música
Que no pesa ni en el aire ni en los hombres
En que uno está para soñar
Para conversar con antiguos
Días de la infancia.
Sucede que hay días así
Mañanas de esas en que uno amanece de vago
Tardes de ésas paréntesis de ésos
En que duelen los horarios del oficio
Y las teclas de la máquina
Se clavan en el alma.
En que uno está totalmente
Desligado del mundo
Y no quiere hacer nada
Y quisiera estar todo el tiempo
Bailando sobre la lluvia.