Los estratos —escrita por el payanés Juan Cárdenas, publicada en 2013 por la Editorial Periférica— es una novela sobre la salud como negociación. ¿Cuál es la enfermedad? ¿Qué debería negociarse? 

Alguna vez, a mediados del año pasado, tuve la oportunidad de preguntarle al autor por la novela. Yo no había preparado mi entrevista y entonces lo único que él pudo hacer fue recomendarme que leyera Shamanism, Colonialism, and the Wild Man: A Study in Terror and Healing, de Michael Taussig, para entrarle a Los estratos. El texto de Taussig está dividido en dos partes: la primera es "Terror", la segunda es "Healing". 

 

Terror

"Terror" empieza contando cómo describe el chileno Ariel Dorfman el origen del Imbunche, un ser de la mitología mapuche y de la mitología chilota. El Imbunche está hecho con los huesos rotos de un bebé que ha sido entregado a una bruja en agradecimiento por los favores recibidos; la bruja se encarga de quebrar los huesos del niño y de juntarlos grotescamente, de manera que él, en adelante, no se pueda mover. Con este procedimiento, la bruja, cortado las conexiones entre los miembros, logra cortar la voluntad del niño —quien, por miedo, queda totalmente sujeto a los deseos de la bruja. 

Esta imagen abre todo un estudio sobre cómo se configuran los Espacios de la Muerte, espacios donde la capacidad de las personas para establecer nexos con su entorno queda atrofiada por el Terror. A partir de esa atrofia, producto de una especie de paranoia, en esos espacios del Terror se engordan las metáforas sobre qué está bien y qué está mal y se tejen imaginarios comunes que terminan por establecer parámetros y normas (tácitas o explícitas) de conducta para ese determinado grupo de personas afectadas. 

El Espacio de la Muerte donde se desarrolla la trama de Los estratos es el norte del Cauca y el sur del Valle del Cauca, territorio donde —sigo a Taussig1— el hombre blanco, desde el siglo XVI, impuso su dominio sobre el hombre negro. Este dominio, basado fundamentalmente en el imaginario del "Hombre Salvaje" construido en la literatura y el arte europeos del siglo XII, alimentó las representaciones que forjaron las atribuciones entre conquistador y conquistado, y pervive hoy en la forma de una estructura colonial de ideas y sentimientos que son la columna vertebral de una pirámide social dividida en estratos en cuya cima están los hombres blancos, todos los que piensan como amos, como jefes. Este dominio, desde la Conquista, ha consistido en desarticular, a través de regímenes del Terror, las relaciones económicas, sociales, culturales y políticas pre-existentes (relaciones en su mayoría horizontales), para, en su lugar, implantar feroces dinámicas de mercado que se sostienen en la explotación de un hombre por otro hombre. 

Para quien quiera leer un poco sobre el tema, la historia de esa explotación es narrada por Taussig en Esclavitud y libertad en el Valle del Río Cauca, escrito junto con Anna Rubbo bajo el seudónimo "Mateo Mina". Ese libro fue publicado por la Rosca bajo la dirección de Orlando Fals Borda en una edición de bolsillo fácil de portar y de difundir, decisión acorde con la intención que se explicita al final del texto: [que] "Estos (campesinos y obreros del Valle) algún día reharán esa historia y crearán el mundo de nuevo". 

Vuelvo a Los estratos. Los regímenes del Terror presentes con más fuerza en la novela son La Violencia y el auge del narcotráfico en los años 80. A continuación, un ejemplo de cómo cada uno aparece en el texto:

Sobre La Violencia: 

(el protagonista visita a su tía, sobre cuyo esposo cuenta el narrador)

"El tío había militado en el Partido Conservador durante la Violencia, con apenas quince años. (...) Un día habló de la primera vez que le tocó descuartizar a un hombre. Lo obligaron, dijo, a cortarle primero los miembros. Primero un brazo, luego el otro y así, dejando la cabeza para el final. El tío se jactaba de haber hecho el trabajo en cinco tajos limpios.  También contó que luego, como era la costumbre, compusieron una especie de adorno floral con las partes, metiendo brazos y piernas en el agujero que había dejado la cabeza en el tronco. Yo le pregunté para qué hacían eso. Después de darle vueltas en silencio, me dijo que no sabía muy bien, pero que a los jefes les parecía chistoso. Le pregunté si a él le parecía chistoso y me contestó que a veces sí. Imagínate eso, dijo, como una máquina rara, hecha de pedazos, con una pata aquí, un brazo por allá, las pelotas colgando. Yo lo pensé un momento y como se me salió una sonrisa no me quedó más remedio que darle la razón. Era chistoso. Y no era chistoso. Qué miedo, le dije. Y él abrío los ojos y soltó un gemido. ¿Miedo?, dijo. Pavor, mijo, Virgen Santa. Los gritos que pegaba el indio masón ese. No paró de gritar ni siquiera cuando le moché la cabeza."

Sobre el auge del narcotráfico en los años 80: 

(El narrador describe a la que será su esposa)

"Mi amigo señaló una mesa y me dijo que ahí estaban fulana y no sé quién más. Se acercó a saludarlas. Luego sacó a la pista a una muchacha con cara de amargada, que bailó una entera sin cambiar de cara. Fue una cosa que me llamó la atención a la primera porque bailaba muy bien, pero era como si la expresión de la cara no participara de todo lo que se desencadenaba debajo de la cintura a una velocidad asombrosa. Ausente, los ojos vaciados y enmarcados por un pelo azabache como de propaganda de champú. 

 Cuando mi amigo volvió a la mesa, yo le pregunté quién era esa y él me contó el cuento, ese cuento de siempre tan manoseado y que a uno le parece que ya le han contado como mil veces. El novio de la muchacha se había metido en un problema con la gente que no debía y lo mataron, dijo, en frente de una fuente de soda, a plena luz del día. Pero a ella no le hicieron nada. Fueron directamente por el tipo y lo voltearon de una, limpio, en el hocico. Dizque fue una pérdida muy lamentada en las discotecas al otro lado del puente, porque al parecer la muchacha y él hacían una pareja de baile bestial y montaban qué espectáculo, dijo.

 Mi amigo y yo fuimos al baño y nos metimos lo que nos quedaba de perico."

En los dos ejemplos queda claro el impacto que sobre una sociedad tiene un régimen de Terror mediante el cual un grupo de hombres logra imponerse sobre los demás (en este caso, en la especificidad Colombia-Cauca y Valle del Cauca): la desconexión entre miembros, la imposibilidad de comunicarse, Imbunches. 

 

Healing

El protagonista y narrador de Los estratos es un hombre perteneciente a la clase alta del Valle del Cauca o del Cauca (lo sabemos por como habla), atormentado por el recuerdo de niñez de una caminata junto a su nana por el puerto de Buenaventura (el nombre no está, pero uno sabe que está hablando de ese sitio). El padre del heredero acaba de fallecer y él se ve obligado a enfrentar la responsabilidad de que la empresa de su familia no se hunda. Tiene la opción de inscribirse en el esquema de deseos de su clase y hacerse cargo para no perder su estatus, pero no lo hace. En cambio, opta por un movimiento que no busca el Progreso, que no busca "llegar más alto" o "mantenerse arriba"; el personaje emprende una caminata en planicie, un recorrido en el cuál se va volviendo una voz porosa, intervenida por muchas voces provenientes de todos los estratos de esa sociedad jerarquizada cuyas divisiones se han sedimentado con el paso de los años, de varios regímenes del Terror. 

En el caso específico del norte del Cauca y el sur del Valle del Cauca, la población negra está en el escalón más bajo de esa pirámide, como lo pone en evidencia la novela, en la cual la población negra nunca ocupa un lugar no marginal dentro de la ciudad; vive en sus confines y cuando entra en ella es porque son empleadas del servicio doméstico (como la nana), celadores o trabajadores de circo que viven con muy poco:

"Caminamos vaya a saber cuánto por calles cada vez más oscuras, cada vez más estrechas hasta que ya ni siquiera se ven casas,ni alumbrado público, nada salvo un caminito en medio de los árboles. Toca encender una linterna. Algo pasa arrastrándose a toda velocidad. La nana me agarra la mano.

 Llegamos a un barrio junto a un manglar sucio, el agua llena de basura flotante y el olor a mierda, las casas sobre pilares de madera clavados en el barro, no hay luz eléctrica en ninguna parte. Eso parece. Un grupo de hombres y mujeres charla en voz baja a la entrada de una casa. Se alumbran con velas. Todos saludan al vernos pasar. Algunos hacen chistes sobre el niño blanquito. Hace mucho calor. Los hombres van sin camisa y descalzos. (...)

 Al rato vuelve la nana con un plato que contiene un huevo frito y dos tajadas de plátano maduro. Como muy rápido y ella me reprende. Despacito, dice, despacito. Agua molida y viento raspado. Comé despacito, mi amor."

El protagonista de la novela, hijo de un contexto marcado por el Terror, no logra establecer comunicación con su entorno, entenderse con alguien. Obsesionado con darle un sentido al recuerdo de la caminata con su nana (una mujer negra), termina, involuntariamente (por una serie de coincidencias), arrojado a un encuentro con un personaje clave: el detective-chamán. Este detective-chamán le abre al protagonista y narrador, durante una toma de yagé,  las puertas a la sanación, al fin de su tormento. La toma se da en el espacio donde el detective chamán localiza a la nana, ya muerta; su cadaver está enterrado en el terreno en el que vive el hijo de ella con su familia,  una especie de claro cerca de la selva. Una vez en el sitio, el protagonista y narrador y el hijo de ella se reconocen, pues se habían conocido la tarde que la nana desapareció. Es después de este encuentro que el chamán prepara yagé para todos (el hombre, el hijo de la nana, la esposa del hijo de la nana, los hijos de la pareja, él mismo) y la toma tiene lugar. El libro cierra con esa experiencia. 

Es importante que la toma se dé en el espacio que se da porque le quita el carácter individual a la experiencia del narrador en la medida que ese es el momento cúlmen de un viaje, de un recorrido por cada uno de los estratos de la sociedad jerarquizada a la que pertenece. La toma se da cuando él ya ha visto todo, ha estado en contacto con todo, se ha dejado afectar; se le presenta como el gran momento, el escenario donde van a emerger las preguntas "¿qué quedó después de todo?", "este recorrido, ¿para qué?", "¿Qué saqué de todo esto?"

La sanación debida a la toma del yagé podría asociarse con los términos "purga" o "asepsia" pues el personaje defeca y vomita, lo cual conduciría a pensar que ese trance final fue valioso porque "lo limpió" o "lo dejó como nuevo", lo volvió algo así como una tábula rasa; sin embargo, el punto de la novela, como sostiene Juan Cárdenas en una de las dos entrevistas de Casamérica que hay en Youtube sobre Los estratos, es que la salud no es eso, no es algo tipo "matamos la enfermedad, la aniquilamos", sino más bien una negociación. 

¿Qué se negocia en ese momento? Se negocian los estratos y, por tanto, todas las representaciones del "Otro" que habían condicionado la experiencia y la tenían atrofiada. Se negocian las convenciones, se desmontan las narrativas naturalizadas. El hombre de clase alta, durante el "viaje", vive un shock -es capaz de tomar distancia de sí y se da cuenta de que la vida como la lleva, como la conoce, es una construcción y no un guión dado que no se puede alterar. 

Todo eso de la salud como negociación tiene que ver con "Healing" (la segunda parte de Shamanism, Colonialism and The Wild Man) pues la sanación, para Taussig, guarda una estrecha relación con el principio de "montaje", el cual dice, en la nota del autor del libro, que aprendió no solo del Terror sino también de los chamanes del Putumayo. 

Se puede decir, siguiendo al australiano, que el chamán, con su canto, hace emerger la palabra, poner en evidencia el quiebre entre las palabras y las cosas que representan. Todos los involucrados en la toma exploran, por tanto, los límites de lo posible y de lo casi-imposible en una discursividad y dejan de ser pasivos: su humanidad no les aparece como una facultad de absorber la historia; en cambio, se les postulan otras dimensiones, otras posibles formas de ser. Al permitirle al "paciente" tomar distancia de sí mismo, la toma de yagé funciona como un teatro en el que la representación nunca está acabada, está continuamente abierta a ser comparada con la vida que está representando. Los actores siempre pueden salir de sí y verse actores, con lo cual, luego de la toma, el paciente sabe qué le provoca repulsión y qué le provoca agrado y sale a intervenir, ya consciente de que la realidad, cuyos mecanismos le han sido revelados, no es inalterable. 

Teóricamente, la piedra angular que sostiene la efectividad de esa teatralización es el "A-effect" ("Alienation effect"), "Efecto de distanciamiento" o, en alemán Verfremdungseffekt, formulado por Bertolt Brecht por primera vez en el ensayo Alienation Effects in Chinese Acting, publicado en 1936. Influenciado por Brecht, posteriormente Walter Benjamin usó el montaje como un mecanismo para "liberar" el significado. En ambas instancias, al igual que en el trance final de Los estratos, el shock es la experiencia en la que se pone en cuestión la Historia, en la que se pone en evidencia sus discontinuidades. El espectador, ante el extenso panorama de conflictos que se le presentan, intenta cambiar el estado de las cosas, lo cual hace de las obras que mediante el extrañamiento han logrado sacudir la percepción e invitar a la acción, artefactos políticos muy poderosos. 

La novela de Cárdenas es importante porque diagnostica que la sociedad estratificada es una sociedad enferma en la medida que entre cada uno de los grupos que la constituyen se establecen pactos, pero los pactos implican una no-porosidad, no permearse. Los estratos muestra cómo en esa sociedad enferma de encierro los pactos que se formalizan perpetúan el poderío de unos hombres sobre otros y no se negocia el significado de las categorías, de los rótulos que se utilizan para hablar de aquello que pertenece a un estrato distinto del propio. La novela abre las puertas al lector para que someta su voz a una turbulencia que le sacuda el significado a las palabras y le permita poner en cuestión y reconfigurar el esquema deseante de su clase. 

 

Notas

[1] Taussig, Michael T. Folk Healing and the Structure of Conquest in Southwest Colombia. Blackness in Latin America and the Caribbean: Social Dynamics and Cultural Transformations. Compiled, edited, and with a general introduction by Norman E. Whitten, Jr. and Arlene Torres. Volume 1. Central America and Northern and West South America. Indiana University Press, 1998. Pg. 445-501.