—Los vi en esa película —dijo Juana mientras su hermano colgaba la chaqueta en el perchero—. ¿Camila sigue así de delgada?

Se dejó llevar hasta la cocina y saludó a su amiga que estaba con media cabeza dentro del horno y acomodaba unas hileras de masa blanca sobre una bandeja de metal. Sí que seguía flaca, ya casi sin culo, pero se veía increíblemente regia.

Se dieron un beso en la mejilla. Camila no paraba de sonreír mientras hablaba de lo complicado que era hacer pan casero.

—Tengo que darte la receta —dijo poniéndole una mano en el hombro como hacía antes cuando eran compañeras de universidad y ella le explicaba las declinaciones de griego clásico.

Sergio dejó en el mesón los baguetes que Juana había traído y evitó la mirada de su esposa.  

—Desde que no vivas con la cabeza dentro de horno… —intentó bromear con su amiga.

Hubiera comprado flores o chocolates. Un vino hubiera sido una elección más apropiada y lamentó saber tan poco de cata.

—No es de gas —dijo Camila riendo.  

—¿Quién más viene?

—Unos amigos de la oficina —dijo Sergio abriendo una lata de cerveza—. ¿Quieres una?

—Mejor vino, como en los viejos tiempos, ¿no? —Camila fue por una botella al mesón—. También vendrá alguna gente de la universidad.

—Exuniversidad —corrigió su esposo.

—No sabes lo bien que me siento ahora.

—Por supuesto —dijo Juana y miró hacia el mesón donde Camila mezclaba mantequilla y harina en un tazón estampado con flores—. ¿Qué salsa estás haciendo? Mamá preparaba una bechamel que ni te imaginas.

—¡Sí! Espero que te guste la espinaca, Sergio quería que hiciera canelones a la boloñesa, pero uno de mis amigos es vegetariano y pensé hacer unos de una cosa y otros de otra, pero no iban a estar a tiempo si también hacía el pan. —Tomó aire un segundo y se puso una mano en el pecho ceñido por el delantal—. Sergio me dijo que no te importaría.

Sí le importaba, de niña no podía aguantar el sabor y, aunque ahora comía cuando no tenía opción, seguía detestando el gusto a pasto que le quedaba en la boca.

—No, no me molesta.

Los dos hermanos fueron a la sala y Sergio se acercó al equipo y puso un disco de jazz.

—¿Cómo van las cosas en la oficina?

—Bien, aprovechando el boom petrolero —dijo—. Con Camila vimos una interpretación de esta canción en el Met, bellísima, un grupo sueco increíblemente bueno.

—¿Desde hace cuánto te gusta el jazz? —preguntó ella juntando las rodillas con fuerza, conteniéndose.  

—Siempre, ¿no? ¿Quieres que ponga otra cosa?

Juana se fijó en que su hermano no sólo se había dejado crecer la barba sino que también estaba más delgado. Ella si acaso había logrado meterse en ese vestido de mangas cortas que le dejaba ver los brazos flácidos y pálidos. Brazos de tía, se burlaban con Camila cuando eran más jóvenes.

—¿No me trajiste nada de Nueva York?

—Creo que Camila tiene algo en la bolsa de regalos, ¿no quieres el disco? Antes te gustaba el jazz.  

—Ya no tengo dónde ponerlo.

Sergio le preguntó por el colegio y Juana habló de los niños de su clase como si fueran la gran promesa del mañana y estuvieran destinados a ser presidentes, escritores o artistas.

—¿Te acuerdas cuando éramos niños, aún estábamos en colegios diferentes y papá…?

—¿Qué pasó con…? —preguntó él interrumpiéndola.

—Nada, no volvimos a hablar.

—Deberías dictar en la universidad y zafarte de esos mocosos. ¿Por qué no le dices a Camila?

Sonó el timbre antes de que Juana pudiera dar una excusa y esperó sentada, mirando la carátula del álbum donde un hombre negro tocaba una trompeta que brillaba en la oscuridad.

A los segundos entró una pareja que se presentó de beso, el hombre iba con la barba bien cortada, ahora todos llevaban barba, y la mujer iba con un reluciente vestido azul y unas gafas de pasta negra. Juana olvidó los nombres de inmediato y miró embobada los botones de la chaqueta del hombre. ¿Eran de cuero? Tenían un labrado, como las tiras de un pastel, pensó, y daban ganas de probarlos.  

Hablaron de la decoración y Sergio aprovechó para darles un tour por el apartamento.  Juana se quedó unos pasos atrás bebiendo otra copa de vino mientras su hermano explicaba la disposición de las habitaciones.  

—Queríamos tirar esta pared y hacer un estudio más grande, pero el ingeniero nos advirtió que por aquí —y señaló una pared— pasaba una columna y era imposible hacerlo.

Volvió a sonar el timbre y llegó otra pareja casi idéntica a la primera. La música se volvió más animada, pero era una música electrónica que Juana desconocía. Su hermano continuó hablando del apartamento y volvió a dar un nuevo tour. Juana escapó a la cocina, donde Camila seguía ocupada con el pan y los canelones.

—Acá se está mucho más tranquilo.

—Sí —dijo Camila revisando una de las bandejas para hornear—. Ven, siéntate.

Camila le rellenó la copa y sirvió una para ella.

—Cuéntamelo todo, ¿qué pasó con Santi?

—Terminamos hace meses, ¿no te lo dijo Sergio?

—Supe que ahora le va muy bien como publicista.

—No he sabido nada de él —dijo Juana que terminó la copa y sirvió otra más.  

—Ustedes dos hacían una muy buena pareja desde la universidad, todos creíamos que no iban a terminar nunca.

—¿Y casarme con él? Quién se casa con su novio de la universidad —dijo Juana nerviosa—. Tú, por lo menos, no te casaste con los libros, ¿o sí?

—Deberías llamarlo.

Camila que se cruzó de piernas y puso las manos sobre las rodillas. Cocinaba, se percató Juana, con las medias de nailon puestas.

—Por lo menos —continuó—, mientras salen los planes que tienes. Yo no sé qué hubiera hecho si no me hubieras presentado a Sergio.

—Está todo muy bonito.

Juana abarcó la cocina con la mirada y se sintió pequeña ante todas esas ollas de diferentes tamaños y materiales.

—Gracias, no parece, pero es un trabajo difícil. ¿Ya conociste a Mateo? Acabó de llegar y trajo la botella de Sauvignon que estás probando. Una delicia, ¿cierto?

—¿Mateo?

—Sí, es un amor. Ya verás ahora cuando te lo presente, es profesor de derecho constitucional.

No recordaba a ningún Mateo y por más prometedor que pareciera, le molestó que Camila adoptara un papel que antes era suyo. Juana se acomodó en la butaca y cruzó los brazos.

—¿Qué tal todo fuera de la universidad?

—Es genial, sin estrés, sin el absurdo de la vida académica.

¿El absurdo? Juana comenzó a sentirse un poco mareada y dejó la copa vacía en el mesón.  

—Sí, no sabes cuánto —continuó su amiga—. Por lo menos si hubiéramos estudiado otra cosa, ya sabes, más práctica, pero un día me vi en la biblioteca tapada por montañas de libros de Jane Austen y Soledad Acosta de Samper, ¿sí alcanzaste a leer esa nueva compilación que editó Simone?, y no supe qué era lo que estaba haciendo allí.

Las dos callaron por un instante. Juana quería esa vida absurda, la quería tanto como quería, hace meses, ver a Santiago y pedirle que la abrazara. Por impulso sacó la cajetilla de Lucky y la abrió con una sola mano haciendo palanca con el pulgar.

—Lo siento, ya no fumamos en casa y es una desgracia no tener una terraza para los invitados. Le dije a Sergio que era importante por lo menos tener un balcón, pero ya sabes cómo es él.

—¿Cuándo dejaste de fumar?

—No sé, durante la maestría, creo. Pero cuéntame de ti —dijo Camila poniéndole una mano en el hombro—, ¿cómo vas en el colegio?

—No es la gran cosa. A lo mejor me mudo a Chía y así ahorro en transporte.

—Recuerdo cuando no querías moverte de Chapinero. 

—Ahora ya no salgo tanto como antes. ¿Sigues con el yoga?

—Tú eras la peor —dijo Camila y dando un brinco en la butaca continuó—. ¡Sí! el mes que viene me gradúo como maestra.

—¿Ah, sí? —Juana no sabía que tal cosa fuera posible.

—Sólo es que me digas y te doy unas clases.

—Tendré que revisar mi agenda —bromeó sin ganas—. ¿Te ayudo a servir? ¿Cuánto falta?

—Diez minutos, prueba un poquito del pan. ¿Qué tal quedó?

Entre las dos llevaron los platos y las refractarias a la mesa. Juana se alegró de estar ocupada y con un cuchillo y dos espátulas sirvió canelón a canalón. Se aseguró de que quedara el más pequeño, uno olvidado al extremo, para ella. Pero tuvo que, eventualmente, sentarse y Camila se aseguró de ponerla junto a Mateo.

—¿Te gustan los niños? —preguntó él que no la dejó ni acomodarse en la silla.

Vestía bien, una chaqueta entallada y una camisa prístina que le daba un aire europeo. A diferencia del resto de los hombres, no llevaba barba y no parecía hacerle falta en ese mentón robusto y bien formado.

—¿Perdón?

—Eres profesora, supongo que te gustan los niños —dijo Mateo y sin su permiso le llenó la copa del Sauvignon que él había traído.

No, no me gustan, quiso responder, pero en cambio le siguió la corriente.

—Son un corazón, sientes la gran influencia que tienes sobre ellos.

—Una gran responsabilidad —interrumpió José.

—Sí, es una gran responsabilidad y es una lástima que sea un trabajo que no se valore como debería —dijo Juana sintiendo nauseas por el olor fresco y dulce de la espinaca entre la salsa bechamel.

Raquel y José, la pareja sentada al fondo de la mesa, comentaron lo caro que se había vuelto criar hijos.

—Y las mascotas, que ahora son como niños pequeños —aseguró Mateo.

Juana miró un segundo el cabello encrespado de Raquel, tan falsamente encrespado, y el quilo de maquillaje que había detrás de sus grandes gafas de pasta y que la hacía sudar con el tenedor arriba unido al plato por un hilo de queso mozzarella.

—Se puede adoptar un niño ya crecido y así ahorrase los gastos iniciales —interrumpió Sergio.

Juana se percató de la mirada incómoda de Camila.

—¿Y que salga todo un gamín?

—Hay estudios que dicen que los niños se pueden reformar hasta los diez años, después ya son un caso perdido. ¿Me puedes pasar la pimienta?

—Mi hermano, que es gay, ha intentado adoptar con su pareja y el Bienestar Familiar los ha rechazado varias veces —continuó Raquel orgullosa.

—Adoptar es un servicio social —dijo José con la boca llena de canelón—. Los orfanatos son escuelas de crimen. Se gradúan a los dieciocho años y derechito para el Bronx.

—Debe de ser como en La ciudad y los perros —dijo Camila— un montón de machos tratando de mostrar quién la tiene más grande.

—O como El señor de las moscas.

—Yo sólo vi la versión de Los Simpson.

—Lo importante, igual que en la cárcel, es tener cuidado de que no se te caiga el jabón.

 —Tú siempre tan ingenioso, hermanito —dijo Juana y regó unas gotas de vino en el mantel—. La gente desconoce que la mayoría de los abusos ocurren en casa y no el colegio.  

Simona, ¿era Simona?, la chica de pelo liso y gafas de carey, comentó de casos exitosos en los que las parejas alquilaban vientres.

—En la universidad nos burlábamos con Camila y hacíamos planes locos como poner avisos clasificados de alquiler de vientres, visitar familias, ilusionarlas y después decirles que no.

—Un par de Junos —comentó Mateo—, espero que también les guste Sonic Youth.

—Más que el jazz, sí.  

—Hay mucha gente que sólo tiene esa opción para formar un hogar, no me parece chistoso —dijo Raquel con firmeza y un par de crespos le cayeron sobre la frente.

—¿Cuál es la definición de familia? Alquilar el cuerpo de alguien me parece aún peor y que sea legal incluso más grave. ¿No es cierto, Cami?

Juana miró a su amiga en busca de apoyo, pero ella le esquivó la mirada y revisó el celular que tenía sobre la mesa.

—De todas formas, alquilar un vierte es, hasta cierto punto, un acto feminista —dijo Mateo cubriendo el silencio—, es dar por entendido que el cuerpo es tuyo y puedes hacer con él lo que te plazca.

—Por dinero y obligada por el sistema capitalista.

Todos callaron ante la gran palabra y escaparon hacia las pantallas de sus teléfonos.

—Sergio me dijo que hiciste el pan, Cami —dijo Raquel cortando un trozo con las manos—. Parece hecho en una panadería del Boulevard Saint-Germain a la que iba cuando estudiaba en París.

—Espero les guste —sonrió la anfitriona.  

—Que le den pastel al pueblo —susurró Juana que no paraba de beber, tenía hambre pero cómo atragantarse con aquellos canalones tan horribles.

—¿Kirsten Dunst? —se burló Mateo.  

—¿No les parece increíble? De unos años para acá cada vez que una conversación toma un curso político siempre hay alguien que trata de desviarlo a un tema mucho menos polémico, por no decir intrascendente —dijo e hizo énfasis en las fricativas de esa última palabra, intra-scen-den-te.

—Falta el letrero garcíamarquiano “Aquí no se habla de política” —continuó Mateo divertido.  

—Que alcen la mano los uribistas y así nos ahorramos un montón de tiempo. Camila, antes de ser panadera, era una anarquista de profesión. No quieres contar —dijo señalando a su amiga—, cuando sedujimos a ese estudiante de sistemas para que entrara a la base de datos de tesorería y aumentara el sueldo de las profesoras.

—¿Cómo van tus planes de irte a Europa? —dijo Camila—. Juana quiere ser la Gertrude Stein colombiana. Raquel podría darte algunos consejos.

—Y tú, ¿la Sylvia Plath de Teusaquillo?  

—¡À Paris!—gritó José que no dejaba de manosear su teléfono—. Allá nos conocimos con Raquel.

Qué era él, ¿profesor de administración de empresas? Todos los amigos de su hermano eran igualitos. Juana volvió a mirar los botones de su chaqueta, los que parecían de pastel, y quiso comerlos en cambio de los canelones.

 —Sí, sí, después fueron las mismas profesoras, quién lo iba a creer, las que nos denunciaron.  

—Eran otros tiempos —se disculpó Camila.  

—Hoy no he hecho sino escuchar esa frasecita.

—Entonces supongo que educas así a los niños.

—Hay estudios —dijo Juana—, que demuestran que por más que eduques bien a los niños, el noventa y ocho por ciento siempre caerá en el pozo de la cultura dominante.

—Los canelones quedaron deliciosos —dijo Sergio dejando los cubiertos sobre el plato aún lleno de salsa y espinaca.

—A Sergio siempre le gustó que cocinaran para él, incluso después de que mamá muriera.  

—¿A quién no le gusta que lo sirvan? —Era Mateo que le servía más vino—. Desde un punto de vista hedonista, siempre he entendido a la aristocracia como sistema político-económico.

—Es fácil decirlo desde una posición dominante.

—Hay gente que disfruta el servir a otros.

—Si eres mujer, negra y lesbiana, aún mejor.

—¡Gua, gau! La triada mágica de adjetivos, ¿qué se puede decir después de ellos?

—No creo que a nadie le guste servir a otros —interrumpió Simona.

—Hay placer en dar placer, ¿no creen?

—Espero, Mateo, que siempre seas así de generoso, no sólo en la mesa.

—No lo dudes, Juana, cariño.  

Juana juntó las rodillas con fuerza, terminó el vino que le quedaba y dijo,

—Sergio, ¿recuerdas a tu amigo, cómo se llamaba? ¿Julián? Le encantaba que lo sirvieran.

—¿Qué hay con él? De todas formas, ya no vivimos en un mundo esclavista y cada uno recibe algo a cambio.

—Incluso los esclavos eran recompensados por sus servicios. Cuidado, protección, etcétera.

—¿Y el yoga? qué tal el yoga, Cami —preguntó Raquel.  

—Y luego la gente —la interrumpió Juana— no sé, termina con la cabeza dentro del horno.

—Debo decir que, en efecto, Gwyneth Paltrow es mejor actriz que Kirsten Dunst —contestó Mateo aún más divertido.

—Me voy a graduar de maestra de yoga, no sé si te conté —dijo Camila dirigiéndose a Raquel un poco avergonzada.

—¡Estupendo!

Terminaron de comer hablando de la importancia de la meditación en los tratamientos de enfermedades terminales. Raquel citó casos en los que gente con cáncer se había curado haciendo bhakti yoga, especialidad que ella además había aprendido en París, y desayunando únicamente con jugos naturales.

—La medicina alternativa ha tenido casos exitosos como los de Bob Marley y Steve Jobs —aseguró Mateo mientras se limpiaba la boca con la servilleta de tela.  

Juana sonrió por el comentario y se obligó a tragar dos trozos fríos de canelón, sentía que el vino comenzaba a hacer estragos y necesitaba llenar el estómago de algo sólido, pero desertó a cambio de otra copa que Mateo sirvió gustoso. Le parecía un ser repulsivo, envuelto en su ego y seguridad, pero era al que más soportaba de aquella mesa pretenciosa. Así como estaba de bebida, pensó, no dudaría en llevárselo a ese baño inmenso que su hermano había reformado con una tina gigantesca y espejos por todas partes. Se fijó en sus labios cuando él hablaba de un viaje que había hecho a China, horroroso pero magnífico, dijo, y se dio cuenta de lo rellenos que eran.

—Allí por lo menos aún se puede fumar en cualquier sitio —concluyó.

Camila, al ver que todos habían terminado, se levantó a recoger los platos y Juana se ofreció a ayudarla.

—No deberías —dijo Sergio.

—Déjala, está bien.

No sabían qué hacer con ella, pensó Juana, si tenerla fuera o sentada en la mesa junto a las botellas de vino. La seguridad de ese pensamiento la ofendió y recogió cada plato y cubierto con fuerza asegurándose de que chocaran y sonaran entre sí. Sergio intentó ayudarlas, pero las dos se negaron enfáticas y él no insistió. Una vez en la cocina, Juana tiró la losa al lavaplatos sin importarle que ésta se rompiera, es más, quería que algún plato se hiciera añicos y que Camila se viera obligada, llena de falsa hospitalidad, a limpiar el desastre.

—¿Cómo puedes soportarlo? —preguntó ya con las manos libres.

—¿Qué cosa?

—Ser la sirvienta de Sergio.

—¿De qué hablas?

Juana sacó un cigarrillo de entre el vestido, fue a la estufa tambaleándose y encendió uno de los fogones.

—Cuando éramos niños le encantaba decirme qué hacer y papá lo alcahueteaba. Papá, siempre papá, y sus amiguitos, ni te imaginas. No te has preguntado lo que diría Simone —dijo y encendió el cigarrillo en el fuego azul de la estufa.

—¿Nuestra profesora de género? Esa señora debe estar en un ancianato armando la revolución entre las enfermeras.

Juana se acercó más a ella y le apuntó con el cigarrillo ardiendo.

—Dime, qué diría si te viera acá como la esclava de un hombre, dímelo —dijo Juana y sintió que estaba por caer en un tobogán sin fin.

—Que no terminé cómo una fracasada —soltó Camila y la miró a los ojos, desafiante, sólo por un segundo.

—¿Hablas de mí?

—No dije nada, olvídalo, ayúdame con el postre.

—¡Yo no soy tu puta sirvienta! —gritó Juana escupiendo gotitas de saliva a la cara de su amiga. 

—Creo que es mejor que te vayas a casa.

—En serio, dime qué pensaría Simone.

—Que no soy una puta amargada frígida —dijo Camila abriendo la nevera y haciendo la mímica de buscar el postre.

—A Sergio siempre le han gustado las mujeres como tú. Ya me preguntaba qué hacía contigo, la gran promesa, la gran profesora de universidad y mira, en qué terminaste convertida.

—¿Por qué no pides un taxi?

—Aún no se ha acabado la noche.

Camila se acercó a la puerta.

—Amor, ¿puedes venir? —gritó hacia la sala.

—Mira como está —dijo y señaló a Juana que apenas podía tenerse.

—Qué bonitos ustedes dos, qué bonitos.

Sergio cogió a su hermana de los hombros e intentó hacer que se sentara.

—¡No me toques! —gritó ella, pero dejó que Sergio la llevara a una de las butacas.  

—Voy a pedir un taxi y ven, tómate este vaso de agua.

—Serviré el postre —dijo Camila. 

Juana tuvo ganas de levantarse y gritarles todo lo que tenía en mente, gritarles la verdad, pero de un momento a otro se encontró sola y cansada, no había a quién gritarle. ¿Dónde estaba Santiago? Sí, debía llamarlo y gritarle a él. Vio las barras de pan que había traído, abandonadas y aún en su bolsa de papel y le entró un odio profundo. Sintió la voz de su hermano y vio cómo le preguntaba si no quería ir al baño. ¿Qué baño? Iba a negarse, no iba a ser la niña pequeña de Sergio una vez más, pero al escuchar sus palabras el vómito le llenó la garganta y lo soltó en el suelo. Era blanco, muy blanco como la salsa de los canelones.

Fue un alivio, por fin pudo respirar, como si hubiera salido a la superficie después de horas de inmersión, pero pronto una sombra la alcanzó y quiso desaparecer, no ver la cara de nadie hasta llegar al taxi. ¿Dónde estaba el taxi?

—Quédate a dormir, hay una cama en la habitación del servicio.

—¿De servicio? Nunca me quedaría con ustedes —alcanzó a susurrar.

Y se levantó con gran esfuerzo, cogió las barras de pan, esquivó el charco de vómito y a Mateo, que en ese momento entraba en la cocina, y corrió como hacía años había huido de casa prometiéndose nunca volver.