En torno a El Malpensante: notas para una historia de la cultura colombiana contemporánea

Por: Sebastián Pineda Buitrago

Arte por: Daniela Parra

La polémica como impulso

El editorial del número 164 de El Malpensante (junio de 2015) fue dedicado por Mario Jursich Durán a atacar mi artículo “Apuntes sobre la nueva literatura colombiana" (revista Sombralarga, enero de 2015).1 Molesto por mi cuestionamiento al éxito comercial de dos novelistas muy cercanos a la revista, Héctor Abad Faciolince y Juan Gabriel Vásquez, Mario Jursich Durán me acusó con desdén, entre otras cosas, de que yo quisiera seguir los pasos de Rafael Gutiérrez Girardot, “quien debe ser su ídolo hermenéutico”. Ignoro si el desdén iba dirigido contra Gutiérrez Girardot o contra la teoría hermenéutica. Supongo que Jursich Durán tendrá noticia de “En torno a F. Schlegel y la hermenéutica literaria”, un artículo que Gutiérrez Girardot publicó en el número 110 de una revista madrileña ya desaparecida, Índice, en mayo de 1958. O que habrá hojeado, más recientemente, “Freidrich Schlegel: sobre una edición de sus escritos”, un texto póstumo que tradujo Juan Guillermo Gómez García para el número 19 de Eidos (2013), la revista de filosofía de la Universidad del Norte.

Yo confieso que tampoco tenía muy claro el concepto de hermenéutica ni la manera en que lo usaba el ya desparecido crítico boyacense y por muchos años profesor de la Universidad de Bonn. Al leer el último artículo al respecto de Gutiérrez Girardot, veo una definición muy precisa de lo que para él era la hermenéutica: “un arte combinatorio de metafísica, poesía, religión y filosofía, y que puede resumirse con el título […]: filosofía de la filología”.2 Si de eso se trata la hermenéutica, de una filosofía de la filología, es decir, de una reflexión de la crítica literaria como crítica de la cultura que se nutre de la economía, de la historia material y del conflicto social, ¿cómo no querer seguir los pasos de Gutiérrez Girardot? Ahora bien, ¿por qué la mención a Gutiérrez Girardot en una nota editorial que nada tenía que ver con él?

No quisiera extenderme aquí sobre el legado crítico Gutiérrez Girardot, de quien particularmente me distancio en su desdén –a veces irracional– por ensayistas como Octavio Paz y José Ortega y Gasset. Pienso con este último que la polémica es, después de todo, la forma única de la labor intelectual: “el contenido de nuestro cerebro se organiza en la lucha de ideales ajenos.”3 ¿Cuáles son los ideales o ideas de El Malpensante que se oponen, ya no sólo a la hermenéutica de Gutiérrez Girardot, sino al cuestionamiento contra escritores comerciales cercanos a su empresa editorial? En el número 166 de El Malpensante (agosto de 2015), Jursich Durán publicó mi carta de respuesta. A su vez él incluyó otra carta a manera de contraataque. En ella me pide que le responda a Héctor Abad Faciolince en dónde yo noté esas manchas en la redacción y ese mal uso de pronombres en El olvido que seremos, ya que él –Héctor Abad– desea saberlo para así corregir otra nueva edición de su exitoso libro. Me abstengo de reducir tal polémica a un cotilleo con Héctor Abad Faciolince, y menos aun a un asunto de corrección de estilo. (En 1993 Mario Jursich Durán ayudó a traducir El poder y la gramática, el ensayo del colombianista inglés Malcolm Deas).

Yo quisiera más bien aprovechar esta polémica para trazar una historia de la cultura colombiana contemporánea. Me exculpo de antemano si cometo alguna ligereza en este comienzo o bosquejo para investigaciones más amplias.

 

Las revistas o el arte de conspirar

El Malpensante apareció a finales de 1996. Ha despedido el pasado siglo y sigue siendo, si no la más importante, sí una de las más leídas en el actual panorama cultural de
Colombia. Antes de entrar en materia conviene reflexionar sobre el papel de una revista en una historia de la cultura. La aparición de toda revista revela la necesidad de un grupo de escritores o periodistas para influir en el ámbito cultural de una comunidad. Toda revista, según la ensayista argentina Beatriz Sarlo, entraña una forma efectiva de conspirar.4 El verbo conspirar tiene varias acepciones en el DRAE, y todas ellas hablan de un grupo de personas que se convocan a favor de alguien o algo o, bien, “en contra de un particular para hacerle daño”. Pensar en una conspiración puede resultar excesivo en el mundo de la cultura (suponiendo que en la cultura todo sea color de rosa), pero invita a la perspicacia. ¿A favor de qué y de quiénes ha conspirado El Malpensante y, al mismo tiempo, en contra de qué o de quiénes?

Antes, valga una pequeña digresión. La historia reciente, la que acaba de pasar, es la más impopular porque es la que más de cerca nos afecta. Si en México abundan estudios críticos sobre Taller (1931-1932), Plural (1971-1976) y Vuelta (1976-1998), tres revistas dirigidas por Octavio Paz, no hay todavía suficientes estudios sobre Letras Libres, la revista más influyente de la intelectualidad mexicana actual. Algo parecido sucede en Colombia. Hay monografías, tesis y ensayos sobre Mito (1955-1962), Eco (1964-1984) y hasta sobre El Magazín Dominical (13 de marzo de 1983–15 de agosto de 1999), el suplemento del diario El Espectador, pero carecemos de una análisis a profundidad sobre El Malpensante (¿equivalente o variación colombiana de Letras Libres? Resulta curioso que Gabriel Zaid, frecuente colaborador de Letras Libres, publica desde el primer número en El Malpensante). Lo que me propongo a continuación, sin el ánimo de abarcar los 174 números a la fecha de la revista, son notas de un work in progress para una posterior historia contemporánea de la crítica cultural en Colombia. Si toda revista se define por sus orígenes, voy a enfocarme en los primeros dos años de El Malpensante (1996-1998), concretamente en sus primeros trece números.

Abro, pues, la primera página del primer número de El Malpensante. Lecturas paradójicas (noviembre-diciembre de 1996). Veo avisos comerciales de Kleenex, Celumóvil y Nextle. El comercio y la cultura siempre han estado juntos. Hermes es el dios del comercio y de la lira. No me opongo a lo primero, al comercio, y estoy de acuerdo con Jorge Orlando Melo en que El Malpensante tiene un manejo empresarial creativo y eficaz, “que ha logrado una circulación muy alta y seguramente ha reducido las que habrían podido ser pérdidas inmensas.”5 Pero lo que me interesa por ahora es el contenido intelectual. Avanzo al primer editorial. Está firmado por Andrés Hoyos, principal fundador y entonces director de la revista. En él, además de pagar la deuda con Gesualdo Bufalino, el autor del libro de aforismos de donde la revista sacó el nombre, Andrés Hoyos se quejó de que las Letras (la mayúscula es de él) estuvieran en manos de “profesores amargados por la gramática, de gazapólogos encarnizados por los ‘errores’ de los demás y de la larga retahíla de los caciques de la cultura.” Si una revista nace como una forma efectiva de conspirar, de acuerdo con Beatriz Sarlo, preguntémonos si El Malpensante no nació para oponerse a esa tradición colombiana de gramáticos y correctores del idioma.

La respuesta sería negativa. Veinte años después de esta editorial, Andrés Hoyos ha publicado Manual de escritura (2015), un tratado de la buena redacción que se inspira, según lo confiesa en la Introducción, en The Elements of Style, “un libro celebérrimo también conocido como Strunk & White, que durante generaciones ha enseñado a escribir a medio mundo en Estados Unidos”.6 De paso cuenta Andrés Hoyos, también en la introducción de su libro, la anécdota del hacendado y analfabeta antioqueño, Pepe Sierra, que se burlaba de los gramáticos bogotanos al escribir hacienda sin h (acienda) porque él tenía muchas y ellos ninguna. Pero no nos dejemos distraer por el presente, y continuemos con el contenido del primer editorial de El Malpensante.

En ninguna parte del primer editorial se menciona el nombre de Colombia ni hay un intento de contextualización. En lugar de ello, y para justificar el título de “Iceberg”, encontramos esta denominación de origen: “En todo caso, somos hijos de Salgari y de Joseph Conrad, entre otros capitanes de altamar”. Frente a semejante pretensión, lo único oceánico o relativo al mar que hay en el primer número de la revista es un artículo del novelista cartagenero Germán Espinosa, quien casi nunca más volvió a escribir en la revista. Su artículo se titula “Prosa del mar” (pp. 61-62) y en él, lejos de considerarse hijo de Conrad o Salgari, el autor de La tejedora de coronas (1982) y de El signo del pez (1986) se esforzó por circunstanciar su realidad bogotana –en donde residía– ahogando cualquier pretensión oceánica:

Hay calles del barrio La Candelaria que me producen un pálpito marino; me parece que voy a encontrar el océano con sólo ir hasta su final. Pero veo a las gentes enruanadas que cuchichean en los quicios y comprendo que el mar siente temor de llegar a estos recónditos y adorables pasajes, por donde hasta los ríos se escabullen lo más delgada y silenciosamente que les sea posible. (núm. 1, p. 62).

En el editorial del primer número, para no distraernos con los demás artículos, lo único referencial o relativo a Colombia está envuelto entre acertijos. Se trata de un ataque contra los “bien pensantes”. Son aquellos, según Andrés Hoyos,

que no quieren ruido y que se apegan a una visión cándida y jerarquizada de las cosas: el mundo está bien hecho, no hay problemas que no se resuelvan con un poco de policía, las ideas que valen son las heredadas de los mayores, para que pensar si ya lo hizo Camilo por nosotros hace treinta años... (núm. 1, p. 5)

Preguntémonos si se refería a Camilo Torres, el cura guerrillero. En el acertijo del editorial hay un alejamiento tanto de la izquierda (visión cándida) como de la derecha (visión jerarquizada de las cosas). Pero sobre todo hay un malestar por enfrentar la realidad colombiana. Números más adelante, sin embargo, ya veremos cómo Andrés Hoyos dejó de lado ese malestar.

 

Una polémica con el ex rector de la Universidad de los Andes

En efecto, en el Iceberg o editorial del número 6 (sep.-octubre de 1997), aparece una carta de protesta firmada por Rudolf Hommes. En ella, el ex ministro de Hacienda del gobierno de César Gaviria y ex rector de la Universidad de los Andes defendió la necesidad de eliminar la declaración de renta en el pago de matrículas. La universidad privada más prestigiosa del país tenía derecho a hacerlo. Varios padres de familias pudientes, según Hommes, pasaban declaraciones falsas para pagar menos en la matrícula de sus hijos. Por culpa de ellos, decía Hommes, los Andes ha decidido tabular por lo alto el precio de todas sus matrículas, sin excepción.

Andrés Hoyos contraatacó semejante política tan clasista: “Al cobrar una matrícula uniforme de $2.900.000 [pesos colombianos en 1997], simple y llanamente los Andes está excluyendo a la clase media”. El entonces director de El Malpensante no ignoraba las consecuencias de tan excesiva privatización de la educación universitaria; intuía que el acceso de la clase media a las aulas universitarias, en un mediano o largo plazo, aseguraba un mayor número de lectores de una revista cultural. Lo contrario –el poco acceso de la clase media– provocaría una mayor marginalización o lumpenización. Disminuiría el número de lectores de debates intelectuales o culturales. No se equivocó Hoyos. Y no tendríamos espacio suficiente para describir cómo la política neoliberal de la rectoría de Rudolf Hommes de inmediato contagió todo el sector universitario: hasta las universidades públicas de Colombia comenzaron a cobrar altos precios en sus especializaciones y maestrías, sí, con el argumento de que no había financiación pública.

Actualmente la matrícula semestral para todas las carreras de pregrado en la Universidad de los Andes cuesta $14.100.000 (la de Medicina cuesta $20.000.000). Que semejante encarecimiento de la educación privada vaya en detrimento de lo público no es algo meramente teórico ni un discurso contra el neoliberalismo. Se trata de una realidad palpable que se materializa en el paisaje urbano de Bogotá: el sector que rodea a la Universidad de los Andes, la avenida Jiménez y el Parque de los Periodistas, no puede lucir más marginal. Es decir: mientras los Andes cobra matrículas astronómicas, el barrio de La Candelaria –su contexto más inmediato– se cae a pedazos.

En su crítica a la rectoría de Rudolf Hommes, Andrés Hoyos criticó también la excesiva idolatría angloamericana de los Andes al exigir el examen TOEFL como requisito obligatorio para todos los graduandos: “Me temo que una vez más habría que decirle al ex rector que, a diferencia del MTM, una universidad ha de aspirar a la universalidad y que en un país como Colombia la única lengua obligatoria debería ser el español, abolido en el currículo de los Andes hace lustros”. (p. 7). Aquí podríamos preguntarnos si el reciente Manual de escritura de Andrés Hoyos no encarna también como una continuación de esa crítica a la anglofilia servil. La cuestión, sin embargo, no es así y más adelante nos referiremos a ella. Por lo pronto, ninguna de las críticas contra la política educativa de Hommes surtió efecto. Impotente, en el editorial del número 8 (enero febrero de 1998), Andrés Hoyos sólo atinó a publicar la protesta de Ana Paola Villamil, líder estudiantil de entonces:

Ningún papá de clase media, que es la clase mayoritaria en los Andes (así Hommes no lo crea), puede pagar $3.600.000 [año 1998] cada cuatro meses […]; las corporaciones prestan con intereses y uno termina pagando el doble […]. El ICETEX admitió que los Andes se excedió en sus tasas de incremento y por ello no presta sino hasta el 50 % del valor total de la matrícula. El dilema es mayor para los estudiantes de fuera de Bogotá, ya que tienen que pagar alojamiento y comida. (p. 8).

El contexto político del número 8 de El Malpensante (enero y febrero de 1998) era todavía el de la presidencia de Ernesto Samper. Se aproximaba la de Andrés Pastrana, cuya campaña vendió la esperanza de una negociación de paz con la guerrilla. En aras de buscar un consenso, lejos de seguir discutiendo con el ex rector Hommes, Andrés Hoyos publicó en el número 8 su artículo “Las revistas culturales en Colombia” (pp. 51-53). Además de hablar muy de paso de las revistas Mito y Eco y de quejarse de la politización sectaria de los intelectuales colombianos, admitía que la cultura de un país “se mide por el dinamismo de las instituciones públicas y privadas y, desde luego, por el efecto que tienen sobre el comportamiento y la formación de la gente y de la tradición”. (p. 51). De algún modo invitaba o sugería una pregunta: ¿qué efecto tendría el alza de matrículas de los Andes –la excesiva privatización de la educación– sobre el comportamiento y la formación del ciudadano de Bogotá, por no salirnos del contexto más inmediato de la revista?

La polémica con el ex rector de los Andes por el alza de matrículas a todas luces sobresale como la más interesante que sostuvo El Malpensante en sus primeros años de vida, es decir, al final del siglo XX. Por lo general, el sector privado parece intocable en Colombia bajo el argumento de que precisamente es privado. Pero lo “privado” en el caso de los Andes es además paradójico, por usar un adjetivo caro a El Malpensante. Para no caer en ninguna vaguedad o imprecisión, me remito a la estupenda tesis de Paola Giraldo-Herrera, A Universidad de los Andes e o establecimiento da Frente Nacional (Colombia, 1948-1968), que presentó para obtener el doctorado en Sociología por la Universidad de Sao Pablo. En ella, además de cuestionar el origen privado, laico y apartidista de los Andes, Giraldo-Herrera analiza cómo ha sido esta institución una conspiración de las élites colombianas para hacer de la educación superior un mecanismo de control social y de acceso al poder público.7

La fundación de los Andes en 1948 coincide con el Bogotazo, es decir, con el cierre de la Universidad Nacional. Uno de sus fundadores, Alberto Lleras Camargo, ya había reemplazado en la presidencia a Alfonso López Pumarejo entre 1945 y 1946. En 1957 pactó con Laureano Gómez, el jefe del partido conservador, la creación del Frente Nacional, y se irguió en presidente de 1958 a 1962. El Estado, para él, no debería ofrecer becas a estudiantes de clase media para que éstos estudiaran gratuitamente en universidades públicas. En lugar de ello debería limitarse a ofrecer un crédito universitario –el famoso crédito del Icetex– para que ese estudiante accediera a universidades privadas como la de los Andes; un crédito, no obstante, que tendría que pagar con altos intereses.

 

La delgada línea de "cultura" pública y privada

El comienzo de El Malpensante es más o menos paralelo al fin de Colcultura. Durante el gobierno de Samper se expidió la ley del 7 de agosto de 1997 en la cual se liquidó esta institución (el argumento fue el paupérrimo presupuesto) y en su lugar se creó el Ministerio de Cultura. Bajo ese tránsito institucional de la cultura oficial colombiana, como una empresa privada que aspiraba a llenar cierto vacío, apareció El Malpensante. No hay en el editorial o Iceberg de los primeros números de la revista ninguna loa o crítica del Ministerio de Cultura. Hay silencio. Recordemos que la creación de este Ministerio había recibido fuertes críticas por parte de García Márquez. El Nobel aconsejaba más bien la creación de una suerte de Conaculta colombiano, es decir, “un Consejo Nacional de Cultura […] con lo cual nos ahorraríamos tanto la politización como la oficialización de la cultura.”8 Pero copiar el modelo mexicano del Conaculta iba en contra de la tradición privatizadora del Frente Nacional, que no obstante quiso en otro tiempo copiar el modelo del PRI, si no nos olvidamos del Movimiento de Revolución Liberal, el MRL, de Alfonso López Michelsen.

Por cierto, la primera referencia a García Márquez dentro de El Malpensante aparece en el número 13 (nov.-dic. de 1998) y es totalmente negativa. Se titula “Cursillo de orientación ideológica para García Márquez”. Era también el primer artículo que publicaba en la revista Fernando Vallejo, a quien los editores presentaban como un “anarquista antioqueño que no tiene de la Cuba castrista la misma idea que propagan por ahí los devotos de un santo muy colombiano: San Mamerto.” (núm. 13, p. 45). Casi veinte años después, cuando muere García Márquez, El Malpensante aprovecha la coyuntura y dedica el número 152 (mayo de 2014) a exaltar –con una devoción pasiva– al autor de Cien años de soledad. En ambos casos, tanto para criticarlo como para exaltarlo, se advierte una coartada publicitaria.

¿No asistimos aquí a una auténtica habilidad tecnócrata de la cultura? Por más privada que se manifieste, por más crítico que en ocasiones sea de ciertos premios o concesiones del Ministerio de Cultura, me pregunto si El Malpensante no juega a legitimar la propaganda cultural del Estado, teniendo en cuenta que en Colombia éste se controla ante todo desde el sector privado. No hace falta citar a Antonio Gramsci para saber que la cultura sirve a la autoridad y al Estado nacional, no porque sea coercitiva o represiva, sino precisamente porque es más bien afirmativa, positiva y persuasiva.

El 31 de octubre de 2014 Mario Jursich Durán concedió una entrevista en Puerto Rico. En tal entrevista, recordó que el nacimiento de El Malpensante se había inspirado al calor del cosmopolitismo, del lenguaje seductor y no académico y del espíritu crítico de revistas norteamericanas como The New Yorker, Atlantic Monthly y Harper’s.9 Semejante anglofilia (mejor sería decir gringofilia) no es, per se, buena ni mala. Lo cierto es que se me hace bastante similar a la que ejerce el actual presidente de Colombia. En una entrevista para El País de España, Juan Manuel Santos admitió ser “el presidente más anglosajón del país más anglosajón de América Latina”.10 La libertad personal y de la empresa privada, el sistema social de instituciones, son cosas admirables en Inglaterra y en Estados Unidos. Pero son cosas que el anglosajón reserva para su Estado-Nación. En México y en Colombia y en otros países más débiles, como lo vio José Vasconcelos, el angloamericano apoya al dictadorzuelo que les otorga ventajas comerciales, y no tanto a la opinión civilizada del país11.

Pero quizás El Malpensante sea la excepción. Quizás sí sea la opinión civilizada del país y quizá ni siquiera haya tenido ningún apoyo de empresas angloamericanas, aunque en la página 19 del número 8 (enero-febrero 1998) haya un aviso de BP Exploration deseando la paz de Colombia. En todo caso, como se inspira en revistas estadounidenses, tal vez habría que enfocar El Malpensante bajo las reflexiones que Edward Said anotó en su artículo “Reflection on American «Left» Literary Criticism”. Para el pensador palestino, “las formaciones culturales e intelectuales existen en virtud de una red muy interesante de relaciones con el poder casi absoluto del Estado." 12 Por una parte, agrega Said, hay dos tipos de intelectuales: los tecnócratas y los tradicionales. Los tecnócratas están orientados hacia las políticas culturales existentes; los tradicionales son políticamente peligrosos porque se orientan hacia los valores. ¿Son tecnócratas o tradicionales los intelectuales que conforman El Malpensante? Ensayemos una conclusión momentánea.

 

Conclusiones momentáneas

Al abolir la sección de reseñas –es decir: la crítica literaria– El Malpensante se ha convertido sin duda en una revista de “periodismo cultural”. En sus primeros números, la sección de reseñas constituía el espacio más polémico y profundo de la revista. Había auténticas críticas en las que se practicaba –por volver a Gutiérrez Girardot– la “filosofía de la filología”, es decir, la hermenéutica: una crítica literaria susceptible de convertirse en crítica de la cultura. En el número 11 (julio-agosto de 1998), por ejemplo, Margarita Valencia reseñó la biografía de Alberto Lleras Camargo escrita por el periodista Leopoldo Villar Borda. Deslizó entonces un comentario que todavía aplica a la perfección para buena parte del periodismo gobiernista: “Villar es digno ejemplar de la casta de periodistas que confirma sus datos en Palacio y no en una biblioteca”. (núm. 11, p. 299). De ahí el peligro del periodismo –cualquier que sea– si no asume cierto rigor académico, si no consulta las bibliotecas.

El 30 de abril de 2007, a la pregunta de por qué se había eliminado la sección de reseñas de El Malpensante, el entonces subdirector de la revista contestó con una razón comercial, según la cual era una sección demasiado exigua para reseñar los 7.000 títulos que cada año salen en Colombia. Agregó, además, que la crítica literaria no le interesa a nadie, y trató de matizar sin suerte su respuesta.13

A estas alturas conviene insistir en la noción de Beatriz Sarlo: toda revista entraña una forma efectiva de conspirar. Los primeros editoriales de El Malpensante ya algo nos dejan vislumbrar al respecto. En primer lugar notamos cierta conspiración contra las publicaciones académicas o, según sus directores, contra la jerga pseudo-académica de las revistas universitarias o institucionales. Uno de los artículos más comentados en el portal de Internet de El Malpesante es el de Pablo Arango, “La farsa de las publicaciones universitarias” (núm. 97, mayo de 2009).14 Tal distanciamiento puede ser positivo si aboga por un vocabulario más ameno y por una redacción más ensayística, más literaria. Sin embargo, con todas la objeciones que se quieran, el rigor académico es necesario para evitar el pensamiento blando e inconsistente. La pérdida del rigor se paga muy caro. En vista de ello, preguntémonos, ¿el ex director de El Malpensante ha escrito su Manual de escritura, mientras su director actual, Ángel Unfried, se apertrecha en practicar un “periodismo cultural”?

En un principio la revista intentó coquetear con el medio académico: en el número 8 –el mismo en que salió la carta de la líder estudiantil Uniandina–, el ya fallecido profesor de la Universidad de Antioquia, Jaime Alberto Vélez, comenzó a publicar una serie de textos apologéticos sobre el ensayo. El primero lo tituló “El más humano de los géneros” (núm. 8, pp. 57-69). A vuelta de correo, en el Iceberg del número 9, Carlos Sánchez Lozano publicó una carta en respuesta a Jaime Alberto Vélez, en donde básicamente cuestionaba su vaguedad en torno al género del ensayo: “Entonces, profesor Vélez, hay que bajar a la tierra: colocar los presupuestos de una didáctica del ensayo y verificar en nuestra historia literariaqué podemos considerar ensayística y qué charlatanería disfrazada de saber.” (núm. 9, p. 5). Es decir: Sánchez Lozano pedía un mayor estudio de Baldomero Sanín Cano, de Carlos Arturo Torres, de Rafael Gutiérrez Girardot…, esto es, de la tradición.

“Carbono 14” fue otra sección que se abolió de los primeros números de El Malpensante. Era una sección dedicada a rescatar autores de otros siglos en aras quizás de animar el conocimiento histórico. Sin sección de crítica literaria ni de crítica histórica, El Malpensante desde luego se ha convertido en una revista de “periodismo cultural”. ¿De actualidad? ¿Acaso en la preponderancia por las crónicas –pienso en las de Alberto Salcedo Ramos– no busca competir o seguir la dinámica de Soho? Me pegunto si sus miembros no se han convertido en lo que antes criticaban o contra lo que conspiraban en el primer manifiesto o editorial, es decir, contra los “profesores amargados por la gramática, de gazapólogos encarnizados por los ‘errores’ de los demás y de la larga retahíla de los caciques de la cultura.” Ellos dirán que no, que en absoluto.

Archivo Sombralarga

 

Notas

[1] Véase “Apuntes sobre la nueva literatura colombiana”, revista Sombralarga (enero, 2015). Disponible en: http://www.sombralarga.com/articulos/segundo/algunos_apuntes_sobre_la_literatura_colombiana.htm

[2] Gutiérrez Girardot, “Friedrich Schlegel: sobre una edición de sus escritos”, trad. de Juan Guillermo Gómez García, en Eidos, núm. 19 (2013), pp. 170-178, p. 171.

[3] Ortega, “La conservación de la cultura”, en Obras completas 10, Alianza Editorial, Madrid, 1983, p. 39.

[4] Beatriz Sarlo, “Intelectuales y revistas: razones de una práctica”, en América. Le discour culturel dans les revues latino-américaines de 1940-1970, Cahiers du CRICCAL, núm. 9-10, Presses de la Sorbonne Nouvelle, París, marzo 1992, pp. 9-16.

[5] Jorge Orlando Melo, “Las revistas literarias en Colombia e Hispanoamérica: una aproximación a su historia” (octubre 31 de 2008), p. 9. Disponible en http://www.jorgeorlandomelo.com/bajar/revistas_suplementos_literarios.pdf

[6] Andrés Hoyos, “Manual de escritura”, Libros Malpensante, 2015, p. 13.

[7] Paola Giraldo-Herrera, A Universidad de los Andes e o establecimiento da Frente Nacional (Colombia, 1948-1968), tesis doctoral en Sociología, Universidad de Sao Pablo, 2013. Disponible en: www.teses.usp.br

[8] Gabriel García Márquez, “Porque no creo en el Mincultura”, Semana (17-04-1995). Disponible en http://www.semana.com/nacion/articulo/por-que-no-creo-en-el-mincultura/25291 -3

[9] Gabriela Saker Jiménez, “El Malpensante: dieciocho años de riesgo”, en Diálogo (31 de octubre de 2014). Disponible en: http://dialogoupr.com/_cultura/actualidad/el-malpensante-dieciocho-anos-de-riesgo-7/

[10] Javier Moreno entrevista a Juan Manuel Santos, “Me imagino a representantes de las FARC sentados en el Congreso”, El País (18-01 -2014). Disponible en: http://internacional.elpais.com/internacional/2014/01/18/actualidad/1390080275_427674.html

[11] Véase de José Vasconcelos, “En la isla de los piratas”, La tormenta, FCE, 2012, pp. 482-494.

[12] Edward Said, “Reflection on American «Left» Literary Criticism”, en The World, the Text and the Critic, Harvard University Press, Cambridge, 1983, p. 169.

[13] Véase “Entrevista a Mario Jurisch Durán, subiderector de El Malpesante, 30 de abril de 2007”, en revista Enelmedio (julio-diciembre 2009), Bogotá, pp. 9-17, p. 12.

[14] Véase http://www.elmalpensante.com/articulo/1031/la_farsa_de_las_publicaciones_universitarias