Hace rato que lancé esa cosa fuera de mi casa, pero vuelve, se planta frente a mi puerta y me entierra los ojos. Yo la levanto, subo la escalera corriendo, corriendo muy rápido, estiro el brazo tanto como puedo y la dejo ir por los aires, a través de los árboles y rezo que se vaya lejos, y que no vuelva. Respiro hondo y miro al techo, pido cosas para mí misma que nunca veré llegar, luego cuento hasta cinco y escucho que suena la puerta, escucho el golpe seco del boomerang que se ha arrastrado de vuelta hasta mi casa; ese aparatucho infernal que se ha convertido en mi gran enemigo. 

Plancho con las manos mi vestido azul claro, me aprieto la cola de caballo y miro mis pies, bajo la escalera, sin respirar, porque sé que veré el boomerang y soltaré todo el aire que tengo en el cuerpo. Me paro frente a la puerta cerrada sin llave, porque ya sabía que iba a regresar, porque siempre se ausenta, dos o tres días, dos o tres semanas y luego, en poquito tiempo, regresa hasta mi casa de rodillas y con los bordes raspados por tanto recorrido. Antes de abrir la puerta, miro la chapa, miro mi mano derecha y la maldigo porque ha sido inútil, porque no me ha librado de este estúpido ritual. Abro la puerta y ahí está, sobre el tapete que dice bienvenido, ahí está desangrándose de lluvia y aire. Yo repito el ciclo, repito la orden del cerebro, recojo el juguetico de madera, subo las escaleras de a dos, saltando y respirando muy agitada. Abro la ventada de par en par, veo los marcos blancos y floreados que adornan mi cuarto, me veo en el espejo inclinada y lista para lanzar otra vez, me veo en el espejo con otros ojos que no son los míos, poseída por un demonio que me obliga a no creer, lo veo ahí parado frente a mí con ojos negros como la noche y babaza escurriendo por su boca. Un demonio que amenaza con tragarse mi fe. Yo lucho contra él, no me dejo amedrantar, busco mi imagen, la de la niña con el vestido azul y los tenis más blancos del barrio, busco a esa niña que sabe que si lanza bien el boomerang no volverá, es todo cuestión de fe. 

Siento el viento entrar, siento el codo tenso y los ojos húmedos por no parpadear, siento la mano aferrada a la madera del aparatejo, siento el demonio detrás de mi oreja, quejumbroso, inquieto, casi lascivo, susurrar: "Volverá, estas cosas siempre vuelven". 

Lanzo. Sin miedo a equivocarme, lanzo con el corazón envenenado en esperanza y silencio, me acuesto sobre la cama y miro el techo, pongo las manos sobre mis muslos e intento planchar el vestidito solo tirando un poco la tela hacia abajo. No miro al demonio, no quiero alimentarlo con mi miedo, no quiero que sepa que me he rendido y que repito una y otra vez el mismo lanzamiento por miedo a liberarlo, por miedo a que él y yo terminemos siendo lo mismo. Lo siento subir por mi garganta. Sé que volverá, ni siquiera tengo que escuchar el seco golpe de la puerta. 

Me acerco a la ventana, esta vez empujada por algo diferente, no quiero quedarme a ver cómo regresa, no quiero quedarme a ver que mis esfuerzos han sido vagos e inútiles y que sigo luchando en contra de una naturaleza que desconozco, en contra de una física que nunca podré entender. Veo mis pies en el borde de la ventana, sé que mi casa es alta y la veo más alta desde el borde de la ventana, el demonio del espejo ya ha salido de su encierro, y hospedado entre mi médula y mi estómago, me grita, hace eco en mis entrañas: "Lánzate que ya pronto regresa".