Cuaderno de la noche muestra sus mejores cartas desde el principio y mantiene su buen nivel. Va directo a lo esencial y sostiene un ritmo tan ágil como sutil que no da espera ni baja la guardia. Prescinde de tramas y nos muestra aquello que subrayaríamos en novelas más largas o accidentadas.

Estas Memorias de un soldado acompañan a Milton Rodríguez, un muchacho humilde que presta servicio militar como soldado raso y luego sale a buscar trabajo. Atendemos a esa inmersión y a los golpes que la acompañan. Más que contarnos la vida de cuartel o describírnosla, en este cuaderno resultan las opiniones que esa experiencia traería: intuimos que Milton está pasando por la instrucción o que está haciendo polígono; colegimos que sus superiores lo humillan y que él hace lo posible por no desmadejarse; suponemos que hay redadas y al final leemos que Milton no sabe hacer nada distinto a lo que le inocularon.

Aunque intuyamos qué está pasando, cómo vive el soldado y qué hacen sus compañeros, los eventos que suscitan estas reflexiones no están ahí para que se inventen o imaginen. No son lo más importante. Si bien hay novelas que pueden llamarse fragmentarias y sus espacios en blanco son elipsis que sugieren una historia lejana, acá vamos directo a la nuez y nos ahorramos argumentos y excusas. Sí, es posible imaginar esos eventos que se nos escapan, pero el mérito no está en deducirlos.

¿Cómo serían esos hechos que no nos narran? Tal vez nada distinto a las anécdotas de otros soldados o a lo visto en libros o películas. Si los hechos son lo que nos concierne, tal vez sea mejor leer crónicas periodísticas o los informes del Centro de Memoria Histórica: allí hay hechos, muchísimos, y todos reales; hay suficiente material para miles de historias y no es necesario inventarse una novela.

En el Cuaderno de la noche subyace la pregunta sobre cómo narrar la guerra y decir algo nuevo; cómo hacer algo bello y pertinente; cómo explorar sin dejarse llevar por moralismos, recetas o parcialidades. Tal vez ya hay suficientes novelas que exploraron este tema con historias o anécdotas; tal vez ya no hay más por expresar al apelar a aventuras, estrategias o golpes.

Cuaderno de la noche soluciona el problema de una manera notable. Se presenta como un diario escrito en primera persona: suena simple y es hondo. Leemos los apuntes que podría haber hecho este soldado y vemos surgir una voz propia hecha de palabras cotidianas; los coloquialismos nunca rechinan y las reflexiones hondas siempre fluyen; el tono es tan escueto como intenso y mantiene su fuerza hasta la última página. La voz está tan bien lograda que uno olvida cualquier artificio: nos suena a un soldado que podríamos haber conocido y leemos a un prosista cuidadoso.

Las impresiones quedan, simples y expresivas: un soldado que roba panes o unos tiros; unas mujeres que ofrecen tamales o una misa; un suicidio o un burdel.

Se pierde la noción del tiempo. Como no hay eventos a seguir y las marcas temporales son escasas, el lector viaja por un manglar amplio y oscuro. Hay cambios en algunos personajes que señalan el paso del tiempo, pero ellos son sutiles y paulatinos. Pasa como en la vida: uno simplemente está ahí y, cuando se detiene a pensarlo, ya está sumergido.

Cada lector puede acercarse al libro según lo que opine de los soldados; puede que los respete, juzgue, compadezca, admire, desprecie o intente comprender. Al terminar el libro recordará que el problema es mucho más hondo de lo que cualquiera imagina. Es posible que el lector se contagie de la desesperanza del soldado; no hay desilusión -pues ilusión no había- y sólo queda desasosiego ante un problema que nos supera.

En Cuaderno de la noche se nota el trabajo detrás de cada apunte, muchos de ellos de pocas líneas. Nos ahorramos el evento y vamos directo al resultado: una imagen o un sentir. Al no amarrarse a linealidades o nudos argumentales, la novela ilumina esa experiencia mucho más que cualquier exploración de una anécdota. Algunos prosistas intentan ordenar los ruidos y las manchas de la memoria: limpian y barren al armar una historia coherente; acá, en cambio, se renuncia a esos vicios: llegan el ruido y las manchas, la oscuridad y los gritos. Leemos impresiones que parecen desligadas y son muy elocuentes.

Tal vez sería mejor paladear el libro y residir en cada capítulo. Digo que "sería mejor", pues lo leí más rápido de lo que me gustaría. A veces uno se detiene -como en otros libros bellos y cortos- para permanecer un rato más e intuir qué tanto hay por descubrir en esa hondura. Se me escapó muchísimo, seguro.